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América Latina: identidad en la encrucijada.
¿Puede tomarse en conjunto a esa compleja entidad, que por una convención geopolítica y social llamamos Latinoamérica, y considerarla un bloque homogéneo? De ella se habla habitualmente como si fuera un ente supranacional, un organismo vivo, multifacético y corporativo; pero ¿de qué hablamos cuando la mencionamos?
En principio podemos admitir que los latinos comparten rasgos que pueden indicar una identidad: el idioma, principalmente, (salvo excepciones); la cultura, compleja y efervescente, nutrida aún hoy por vestigios de ritos ancestrales; y las costumbres, múltiples y dispares, con permiso para la tradición más atávica y para la ruptura que introduce la modernidad. Latinos son pueblos por cuyas venas corre una sangre orgullosa, rebelde, cuestionadora, que no da por resueltos conflictos que duran décadas, calan profundo y mantienen intensos sentimientos de rivalidad, dentro de un prodigioso escenario natural, con abundancia de riquezas en su enorme extensión.
Pero no se puede sostener que el hemisferio sur bulle solamente en su interior, su influencia ha impactado en otras regiones (casi 90 millones de estadounidenses hablan o entienden español), y su vibrante aporte es rotundo en una literatura merecedora de varios premios Nobel, ganadora en certámenes internacionales. Inquieta, evolutiva, la expresión va del realismo mágico al sucio, del boom al postboom y al posmodernismo; sus acentos se aprecian en el ritmo musical, (Carlos Santana en rock, Jerry González en el jazz, Shakira o Gloria Stefan en la música pop, por nombrar unos pocos).
Esta centrífuga expansión no se limitó a lo cultural, los movimientos migratorios han conmovido economías de países receptores, donde la contribución incide no sólo en la fuerza de trabajo, sino también en aportes para sostener el equilibrio en la seguridad social. Han contribuido además a elevar la tasa de natalidad allí donde se insertan, bajando los índices de envejecimiento. Es un hecho que muchos latinos esparcidos por el mundo contribuyen significativamente al sostén de sus economías, mediante el envío de sumas de dinero, que convertidas a moneda local, incrementan su valor.
El proyecto bolivariano
Aquel glorioso sueño de la "Gran Colombia" que propulsó Bolívar, ideal de una América unida hasta los confines, ha sido reanimado por distintos líderes del cono sur. La ambición integradora no ha mermado, destacan la realidad del Mercosur, el incipiente Banco del Sur, el Unasur, el reciente Consejo de Defensa Sudamericano. Las naciones prestan adhesión a la estrategia común, de mercados: Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), de coordinación política: Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPAL), económica: el ALBA, (Alianza Bolivariana para América), cultural: la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL), o regional: la Comunidad Andina.
En foros económicos o de decisiones políticas, ya es habitual escuchar las posiciones latinas como una sola voz, aunque impregnada por intereses sectoriales; la homogeneidad no suele ser característica de latinos, que muestran su complejidad. Veamos: la mayoría de la población tiene menos de 25 años, gozan en su mayor parte de una esperanza de vida de 70 años, con tendencia al alza, pero conviven con zonas de elevada tasa de mortalidad infantil. Aunque prevalece la fe católica, los estados admiten un abanico de posturas hacia las religiones, que oscilan entre libertad de cultos, laicismo, y estados con religión oficial. Desde la época de la Conquista se han practicado ritos y cultos que, aún tutelados por la iglesia, han incorporado bailes e imágenes a las ceremonias, muy notorio en países andinos, con auge de rituales indigenistas, que implementan hierbas y raíces milenarias.
Tampoco es homogénea la distribución de la riqueza, con disparidad en el poder adquisitivo; los bolsones de pobreza extrema en pujantes núcleos urbanos multiplican una abrumadora desigualdad social. Hay metrópolis con tecnología de punta en equipamiento de salud, junto a una abismal escasez en infraestructuras básicas. La desnutrición aún afecta el desarrollo infantil, los índices de escolaridad y el acceso a la educación; esta carencia injusta reside en las mismas ciudades que albergan prestigiosas universidades centenarias.
La historia en su momento
América Latina se encuentra hoy en una situación inédita, en que la amplia mayoría de sus gobernantes profesa una militancia, salvando los grados, del mismo signo político; que de por sí bastaría para elevar el consenso entre países. Ya han concluido y consolidado la prolongada gestión de sus independencias, y han alcanzado un grado de gobernabilidad tan estable como para trazar planes a mediano o largo alcance. Por contraste, el episodio inesperado en Honduras, con el derrocamiento de su presidente electo.
Buenas manifestaciones de una pulsión integradora son las frecuentes reuniones mantenidas en ámbitos regionales; reciente es la de países exportadores a mediados de septiembre. Tampoco han desaprovechado la oportunidad que representó el impulso a los biocombustibles, ofreciendo ventajas comparativas en los negocios a los países que mantuvieron el tradicional modelo de economía agro-exportadora, para atender las demandas de los gigantes asiáticos. Pendientes quedan todavía, aplicar medidas de renovación de las técnicas agrarias y rebajar el proteccionismo de los países importadores.
Urgente también resulta desatascar el aparato burocrático, unificar las regulaciones, eliminar inconsistencias y redundancias, principalmente en materia fiscal. Es frustrante el alto índice de evasión, y la persistencia de economías paralelas o sumergidas. En el fondo, permanece el objetivo primordial, la condición fundamental del cambio político y progreso social: abolir la corrupción que aún roe sus entrañas. Para ello, habrá que trabajar las desgastadas relaciones de los ciudadanos con las instituciones representantes, incrementando la participación y disminuyendo el desencanto hacia los dirigentes, a menudo élites sectoriales o líderes demagógicos que perduran enquistados en el poder.
Ahora es el momento. La crisis financiera que azota el mundo ha sido interpretada por las naciones latinas en su sentido etimológico, el que los griegos señalaban como la oportunidad, el instante crucial en que se decidía si el enfermo se restablecía, o por el contrario, comenzaba a desfallecer. Extendiendo y parafraseando una conocida sentencia de Ortega y Gasset, quien tantas veces recorriera el continente: "¡Latinos, a las cosas!".
